Nota4.5/10 |
Gráficos6 Sonido4.5 |
Viven en el móvil y son muy traviesos. Son una raza de mascotas a las que el jugador deberá alimentar, educar, asear, divertir… con más de 15 acciones diferentes y diferentes personalidades.
Una mascota que acompañará siempre a su dueño. Pero Bupuppie no es sólo diversión, es también responsabilidad, si el Bupuppy no se siente querido abandona el móvil, pero tranquilos, un nuevo Bupuppy aparecerá dando a su propietario una nueva oportunidad.
Van no sé cuantos, algunos siempre más acertados que otros, pero la tendencia actual hacia los juegos de mascotas, evolución natural de los Tamagotchis a pastos más fértiles y pantallas más coloridas, no son siempre tan exitosos ni afortunados como quisiéramos. Hay copias, hay versiones, hay innovación y es raro no encontrar algo nuevo, algo distinto que lo diferencie de la marea creciente de productos similares, que lo haga más atractivo y quién sabe si más vendible.
De todo este tumulto, este Bupuppies no queda en buen lugar. Es cierto que incorpora unos gráficos más simpaticotes y unos personajes que parecen propios, pero el producto final dista mucho de igualar a productos del ramo y, al final, acaba quedándose en “uno más” sin que pase con pena ni gloria por nuestro terminal.
El despropósito empieza en los gráficos. Lo que parece que pretende ser una animación no es otra cosa que unos cuantos frames de movimiento y una gran imagen trasera que se desliza al compás. Mientras esperas interactividad y movimiento, todo lo que obtienes son pantallas donde el animalillo pixelado se mueve de derecha a izquierda y donde cada cambio de pantalla, en una casa donde el salón se llega a hacer barroco y cargado, se basa en desplazarse hasta un cierto punto para pulsar 5 y cambiar. Sin transición, todo es fundido en negro y ya estamos en el baño, la cocina o la habitación, también imágenes que se desplazan en segundo plano. La sensación que acaban dando es que son dibujos estáticos, que jugar es como pasar páginas de dibujos sin que exista sensación de movimiento real.
Es cierto que incluye minijuegos, pero me temo que son precisamente estas características las que generan más dudas. Empezando porque, para alimentarte, has de ir a la cocina y abrir la nevera (otro fondo, esta vez estático), señalar una comida y buscar con la cámara (¿y si no tienes?) y hacer una foto a algo del mismo color, o la comida seleccionada no será comestible y perderás salud. Dos cosas: ¿Quién demonios tiene comida en mal estado en la nevera y porqué tengo que hacer el paripé cada vez que me apetece que pique algo? La idea del juego no es mala, pero está tan fuera de lugar como un payaso en un funeral. Otro juego es hacer los deberes.
Del estilo son los deberes. Una vez al día la mascota tiene que hacer sus tareas de matemáticas, más bien se las haces tú quien resuelve el minijuego, y que se concretan en resolver unas series lógicas de números. Sin pecar de genio diré que las series tienen una cierta curva de dificultad que, si bien no es muy alta, no las hacen aptas para niños porque, a la tercera o la cuarta, ya toca un análisis un poco más detallado de la cuestión que pone la tarea más allá de las posibilidades de los peques.
Esto entronca con otra cosa que desconcierta: además de la complejidad de ciertas tareas también hay unos toques escatológicos y de humor negro que no lo hacen lo más adecuado para los niños. Por ejemplo, cuando tiene que ir al baño, nada tengo con que cada uno haga sus necesidades, la mascota tiende a ser demasiado explícita, sentado en el váter haciendo unos esfuerzos que bien valdrían una rotura de vena, hasta que un gran Fluosh! ocupando toda la pantalla nos notifica que por fin ha evacuado. Otro del estilo es darle su medicina cuando está enfermo, que se hace con una cuchara llena de un líquido verde que, en dos imágenes que no se pueden considerar animación, se incrusta hasta el cerebelo al maltrecho animalillo al que se le salen los ojos por el impacto.
Por tanto, si el target al que va dirigido el producto no es todas las edades, quizás debería estar un poco más especificado porque, con el estilo que tiene, es fácilmente confundible, máxime cuando el protagonista parece un oso de peluche de ojos como platos. Yo lo consideraría una mascota para adultos, en un sentido amplio, aunque tampoco estaría de más saber qué opinan los productores al respecto.
Todo esto da a entender que la jugabilidad no está conseguida. Después de la primera impresión te das cuenta de cómo funciona y de cuáles son las tareas diarias que has de realizar por narices (deberes, ir al baño varias veces, ducharse, comer…) y que te acaban por dar una sensación de mucha menos libertad que en otros títulos similares, que tienden a basarse en cuidar de la mascota en ratos libres y de disfrutar con ellos. Un planteamiento de jugador intenso y contínuo que no pega con el estilo y planteamiento usual de este género. Además, sabiendo que nos olvidamos de evoluciones, pues no tiene, a diferencia de la mayoría de los Tamagotchis, hacen que esta tarea de cuidarle sea más tediosa de lo que podría ser, pues no tienes la emoción de ver si crece o cambia o de si es hoy cuando le toca pegar el estirón.
El apartado de música no sale mejor parado. Una melodía, de tono infantil pero con algunos tonos agudos que llegan a rascar el oído, nos invita a jugar, música que por fin acaba cuando ya tenemos al bicho en pantalla y que es sustituida por unos efectos que se pueden definir bien como parcos y neutros. No faltan, pero tienden a ser escasos y poco concretos, insuficientes como para merecer especial atención. De hecho tienden a ser efectos de activación, cuando usas algo o realizas una acción, casi iguales para todo.
Sintiéndolo, se concluye que este juego no llega. Tenía base pero carecía de puntos que, para un usuario final de este tipo de productos, son importantes. Son monos y parecen simpáticos, y ya. Y me temo que, en el competitivo mercado de las mascotas para móvil, en pleno auge y liza por conseguir cuota, no hay sitio para productos que se quedan a medias.
Por: Ángel Costas.
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